La cotidiana e ineludible postproducción de los recuerdos

por Adrián López~Cruces

               I. Refutación de Proust: la memoria ya no es como cuando la conocimos

Solemos pensar en la memoria como algún tipo de contenedor; luego contemplamos a las posibles alteraciones en los recuerdos, principalmente, como consecuencia de daños en dicha unidad (física) de almacenamiento… En esa analogía podríamos utilizar términos muy técnicos, y ceñirnos estrictamente al materialismo filosófico que más nos plazca; de todos modos seguirá siendo fácil incrustar un idealismo fortísimo en ese esquema: basta con sustituir la idea platónica por la remembranza proustiana.

Para entender esto mejor y de manera directa, detengámonos brevemente en tres fragmentos del escritor francés que le construyó una catedral novelística a —esta concepción “clásica” de— la memoria:

«Porque con los trastornos de la memoria tienen mucho que ver las intermitencias del corazón. Es seguramente la existencia de nuestro cuerpo, que nos parece semejante a una vasija donde está encerrada nuestra espiritualidad, lo que nos anima a suponer que siempre están en posesión nuestra todos los bienes interiores, las alegrías pasadas, todos los dolores. Quizá carece no menos de exactitud creer que éstos huyen o que regresan. En cualquier caso, si se nos quedan dentro, lo hacen en la mayoría de los casos en un terreno desconocido donde no nos valen para nada, e incluso a los más usuales los relegan recuerdos de orden diferente y que excluyen cualquier simultaneidad en la conciencia. Pero, si recobramos el marco de las sensaciones donde se conservan, cuentan a su vez con ese mismo poder para expulsar aquello con lo que sean incompatibles y acomodar en nosotros el yo que las vivió y sólo él

«Igual que existe una geometría en el espacio, existe una psicología en el tiempo, en que los cálculos de una psicología plana no serían ya exactos porque no tendríamos en cuenta el tiempo ni una de las formas que adopta, el olvido: el olvido, cuya fuerza empezaba yo a notar y que es una herramienta tan poderosa de adaptación a la realidad porque destruye poco a poco en nosotros el pasado superviviente que está en constante contradicción con ella

«El tiempo que cambia a las personas no modifica la imagen que de ellas nos ha quedado. Nada resulta más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo cuando caemos en la cuenta de que tenemos una vida vagabunda, pero una memoria sedentaria

Los remarcados en las citas son míos. Y los hice por una razón muy específica: están mal.

¿Mal en qué sentido? Pues bien, otra vez en aras de la mayor claridad e inmediatez posible, quiero citar el principio y el final de esta nota[1] de Daniel Mediavilla:

«Nuestras memorias están manipuladas y es probable que hasta los momentos más emotivos, como el encuentro con un gran amor o el nacimiento de un hijo, no sucedieran como los recordamos. Y no es que exista un dictador totalitario que ha logrado acceso a nuestro cerebro para modificarlo a su antojo; somos nosotros mismos quienes reescribimos nuestro pasado. Según un estudio de la Universidad del Noroeste (EEUU), la memoria toma fragmentos del momento actual y los inserta en el pasado para que encaje mejor en nuestro mundo presente. Este trabajo, que se publica en la revista Journal of Neuroscience, es una prueba más de que el funcionamiento de nuestra memoria se parece poco al de una cámara de vídeo y que nuestros recuerdos no son demasiado fiables.»

«…Como sucede en el estudio de los investigadores de la Universidad del Noroeste, otros trabajos han mostrado que las preguntas de los policías o los jueces pueden inclinar a los testigos a recordar eventos que no son reales. Parece claro que la memoria se parece poco a un fiable sistema de grabación digital, pero es posible que conocer el funcionamiento de esa máquina imperfecta puede ayudar a utilizarla de un modo más apropiado.»

Sí, la memoria es una “máquina imperfecta”: desde el punto de vista del modelo idealista proustiano. Pero, si consideramos que ese discurrir —esa ineludible y cotidiana postproducción de los recuerdos— es un mecanismo más para la supervivencia y adaptación de los seres vivos; entonces lo imperfecto más bien sería tener una memoria proustiana. Con “memoria sedentaria” no evolucionarían los seres dinámicos. Bajo esa perspectiva en la materia sólo puede haber desgaste (olvido = acción del tiempo, para Proust) y por tanto no puede darse ningún intercambio real entre pasado (idealizado) y presente (realista por mera supervivencia actual del yo, y objetivo por la aplastante y continua presencia de lo otro; y sobre todo de otros-como-yo). No habría formas de resolver esa “constante contradicción”. En efecto, a lo más tendríamos esos breves momentos de evasión a los que podemos catalogar como “búsqueda” o, si desea usted llevar su orden con final feliz, “recuperación”: del paraíso perdido de la infancia, de la luz al salir de la caverna, o al menos de algún recuerdo que —aunque pudo huir un rato de la vasija, o esconderse en las tinieblas del inconsciente— fue traído súbitamente de regreso a su lugar por una sensación salvaje que se le cruzó enfrente… Lo regresa de las greñas, pero sin desacomodarle ni un cabello.

Aunque faltan muchos estudios —y hay muchas aristas que explorar— en lo apuntado hasta aquí, queremos ahora centrarnos en otro ejemplo literario que muestra que un enfoque no-proustiano de la memoria no sólo es posible sino que ya ha sido llevado a cabo. Y además, que ese mismo enfoque puede volverse una herramienta de lectura (y re-creación) muy fructífera.

               II. Felisberto Hernández: las armonías de la memoria

Felisberto HernándezFelisberto es un autor tan obsesionado con la memoria como Proust. De hecho la novela (inconclusa) en la que queremos detenernos —por pura economía: podría desplegarse lo que aquí señalaremos a muchos otros lugares de su producción— se llama Tierras de la memoria.

Los editores y estudiosos de la obra de Felisberto[2] nos advierten que Tierras de la memoria, en el estado inacabado y fragmentario en el que nos llegó, es producto de la conjunción y continua refundición de materiales a lo largo de muchos años. En estas tierras entraron anotaciones de viaje del joven concertista de piano, que fue Felisberto desde su adolescencia, y de estas tierras se desprendió la última obra (también inconclusa) en la que trabajó su autor: Diario del sinvergüenza.

Y sin embargo, en la edición que tenemos a mano[3], la extensión de la obra tímidamente ronda las cien páginas. Son un campo densamente minado en el que los primeros críticos vieron una verborrea metafórica y memorística sin ton ni son, posteriormente se le abordó psicoanalíticamente, y se trató de ver en su estructura un sistemático enfrentamiento con lo inconsciente, etc. …Lo indudable es que se trata de un terruño muy fértil: el lector se puede tornar muy creativo en cuanto lo pisa.

Para nuestros fines veamos estos tres de fragmentos:

«Ahora pienso que en aquella época yo viajaba sin recuerdos: más bien los hacía; y para hacerlos intervenía en las cosas; pero mi acción era escasa comparada con la de mis compañeros; atendía la vida como quien come distraído. Yo era el último en comprender, y a menudo fingía haber entendido. En el viaje en ferrocarril que hicimos desde Buenos Aires a Mendoza hice muy pocos recuerdos: había algunos más bien físicos, como el desasosiego en que buscaba posturas distintas en los asientos de segunda, hechos de tablillas barnizadas que llegaban hasta la mitad de la espalda; y en la noche no se sabía dónde dejar caer la cabeza, que se bamboleaba como un farol casi apagado. Los recuerdos hechos en la luz del día no me dejaban angustia: aunque estuviera cansado, las cosas ocurrían como si me entretuviera en hacer solitarios o mirar láminas. Recuerdo la forma de los panes —más parecidos a tortas— que algunas mujeres vendían en las estaciones; cuando empezaban a conversar, la voz hacía un pequeño canto que subía y bajaba graciosas montañas. Aquella región de la Pampa era llana. Pasamos por otra donde se levantaba un polvo tan fino que a pesar de haber cerrado las ventanillas, quedábamos con las cejas y el pelo canosos. Y el último recuerdo que guardo de esa etapa está lleno de viñedos que llegaban hasta el horizonte.»

«En alguno de los momentos en que recordaba lo que ocurría en Mendoza y tenía ansiedad por el trajín de los recuerdos cuando ellos estaban ocupados en recomponer el pasado; cuando mi conciencia no podía percibir todos los detalles que tan atropelladamente me invadían; cuando se presentaban recuerdos que yo no tenía por qué recordar, ya que pertenecían a los sentimientos y a los intereses de otras personas; cuando yo no comprendía la intención con que en esos recuerdos se habían suprimido algunas cosas y aparecían otras que no ocurrieron en aquel tiempo, era entonces que de pronto el mundo giraba unos días hacia adelante y se iba a detener, llamado por alguna fuerza desconocida, ante un simple recuerdo contemplativo: una mujer joven comía uvas bajo un parral»

«En mi primera mañana en Mendoza muchas cosas se atrevían a ser distintas a las de mi país; pero la inocencia con que lo hacían me encantaba y yo iba corriendo a apuntarlas en el cuaderno íntimo. En él aparecía un camarada levantando una mano hasta casi la altura del hombro y diciendo: “Este invierno nevó de este porte.” Yo tuve que imaginarme apresuradamente un invierno con nieve; no tenía a mano en mi memoria ningún recuerdo que me ayudara; sin embargo en seguida se había aparecido un invierno nevado compuesto quién sabe con qué restos de figuras; lo que más me costaba era imaginármelo allí, en aquella calle clara de balastro con sol y árboles parecidos a los de mi país. Además, cuando yo había mirado figuras con nieve, el alma siempre se me había puesto seria y tan callada como en un cine mudo. Ahora, este muchachito que había vivido un invierno con nieve, se había quedado muy alegre y muy parecido a un chiquilín que no hubiera visto nevar.»

Como se ve, Felisberto también lidia con el desgaste y la volatilidad de la memoria. Pero es como si asimilara narrativamente mecanismos análogos a los que observa cotidianamente en su propio pensamiento: no sólo en la forma en la que la memoria logra una unidad pese a todo (excluyendo los casos patológicos), también en la combinatoria creativa de los sueños; o al observar con detalle el surgimiento de ideas, prejuicios, contradicciones, etc. Sabe perfectamente que todos estos aspectos de la psique son dinámicos y —en importante grado— autorregulados. Pero tampoco se detiene ahí: como intérprete musical que incursionó tanto en la composición como en la improvisación, entiende que nuestros lenguajes individualizan distintas caras de la realidad que nunca se presentan efectivamente aisladas. Felisberto nos muestra que no es la fijeza del soporte material/artístico lo que salva a la memoria (tal vez por eso al final de sus años no le importaba “terminar” sus obras) sino el ejercicio de una creación que aprehenda los modos en los que los recuerdos se despliegan ante nosotros.

Al leer Tierras de la memoria hay, efectivamente, momentos en los que uno se siente en una embarcación que está a punto de volcarse ante tantas digresiones, metáforas, concatenaciones insólitas entre hechos y simbolismos, etc. No obstante, tampoco tardan en aparecer ciertas imágenes cíclicas que también denotan un meticuloso trabajo de estructuración y elaboración del discurso. Y la cosa estriba en que, por “cíclicas”, no nos referimos a meras repeticiones: cada vez que aparecen lo hacen con funciones y tonos distintos; al avanzar la lectura esos ciclos van conformando redes y —sin darse uno cuenta, pues el flujo de juegos retóricos se da sin solución de continuidad— al final ya son velas a las que uno confía el trayecto (aunque siga sin saberse hacia dónde nos va a llevar la corriente).

Alguien que tuvo una lectura de estos escritos muy cercana a la nuestra fue Juan José Saer; en esta ponencia[4]. Curiosamente, en el cuerpo de su exposición, pone énfasis —entre otras cosas—en el aspecto de composición mediante motivos narrativos hilvanados con recuerdos recurrentes en el texto; pero sólo utiliza términos como “superposición” o “acumulación” para lo que nosotros reconocemos abiertamente como un proceso de edición, remix, mashup… Postproducción.

Sin embargo, en la discusión de la ponencia se da el siguiente —sublime— momento:

«Juan José Saer: […] Felisberto se da cuenta que es inútil buscar en la memoria porque lo que cree recordar no sería lo que realmente quiere recordar. Es decir que nuestra memoria modifica nuestro pasado. Entonces él organiza estos recuerdos sabiendo que no son recuerdos, que pueden no ser recuerdos, y los organiza mediante una coherencia…

Saúl Yurkiévich: …y luego el texto funciona como un despertador de asociaciones erráticas.

Juan José Saer: Lo que quiero decir es que en el momento en que él sabe que lo que cree recordar no presenta ninguna garantía de autenticidad, de veracidad, pasa entonces en primer término el acto de escribir. Porque él sabe que es el inconsciente el que está rigiendo su creación, y que es inútil que se ponga a buscar lo que le pasó realmente en Mendoza, etc…, ya que el inconsciente está allí para interferir sus recuerdos y modificarlos. La única servidumbre que él tiene es el acto de escribir. Por eso él no puede dar canción a la memoria. Creo que el texto se llama irónicamente Tierras de la memoria: tierras donde fácilmente uno puede perderse, o aventurarse sin saber lo que podemos recordar… Es decir que Felisberto Hernández no se engaña sobre lo que es la memoria.»

Tal vez porque ya lo estaban haciendo enojar mucho, pero Saer cometió un desliz al decir que el título es irónico: lo que el resto de sus palabras muestran es que él vislumbró claramente que el nombre que asignó Felisberto a estos textos no podía ser más pertinente. Lo trascendente de las tierras —y de la memoria— no son lo que éstas puedan contener, sino lo que puedan generar: su fertilidad. En cualquier soporte material, la memoria es acción: cultivo de injertos del pasado en un aquí-y-ahora.

O bien: en el momento en que entendemos que lo que recordamos no presenta ninguna garantía de autenticidad, pasa a primer término el acto de recordar.


Notas:

[1] Cf. Medavilla, Daniel, Ser de izquierdas te hace propenso a creerte tropiezos de políticos de derechas (y viceversa). Materia, 2013. <http://esmateria.com/2014/02/05/tus-recuerdos-del-pasado-han-sido-manipulados/>

Northwestern University, Your memory is no video camera: It edits the past with present experiences. ScienceDaily, 4 February 2014. <www.sciencedaily.com/releases/2014/02/140204185651.htm>.

[2] Cf. Carina Blixen, Viaje y escritura en Tierras de la memoria de Felisberto Hernández, Amerika, En línea, 2011. <http://amerika.revues.org/2701&gt;

Felisberto Hernández, Tierras de la memoria. Colegio Virtual Cervantes, 2013. <http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/fhernandez/obra/obra_04.htm&gt;

Felisberto Hernández, Cronología de Felisberto Hernández. Página oficial, 2011. <http://felisbertohernandez.com/1_18_Cronolog-a-de-Felisberto-Hern-ndez.html&gt;

Wong, Roberto, Felisberto Hernández: enfermo de recuerdos. Letras Libres 2014. <http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/felisberto-hernandez-enfermo-de-recuerdos&gt;

[3]  Obras completas en Siglo XXI, Vol. 3. Editores, México, 2008.

[4] Saer, Juan José, Tierras de la memoria. Venezuela, Monte Ávila, 1977. Versión pdf, <http://www.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/AV/ACTAS/FELISBERTO/F-SAER.pdf&gt;

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