Saudade. Un murmullo intraducible

Freud sostenía que la melancolía es causada por una “pérdida desconocida”. La tristeza es un sentimiento que duele. Saudade no es tristeza, tampoco es melancolía. Podría acercarse a la nostalgia. No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, dice J. Sabina. Pero saudade no se refiere a algo que nunca jamás sucedió, sino probablemente a lo que sucedió sin que nos diéramos cuenta. Y luego, tiempo después, recordamos que sucedió y se nos vuelve irrecuperable. Es quizá la sensación de aquél vacío de lo inalcanzable.

En este libro, autores de México y Brasil reunidos por Horacio Ortiz y Eduardo Rojas Rebolledo, nos cuentan en veintidós historias, diferentes formas de vivir el sentimiento de saudade. Los autores se mueven en una libertad de escritura que propone al lector una narrativa contemporánea y ligera. El texto cuenta además con una fotografía por cuento que complementa las historias ilustrándolas bajo la mirada de dos fotógrafos que al final del libro explican un poco sus intenciones.

Uno de los cuentos que más me llamó la atención se titula “En el jardín” de Mauricio M. Figueiras y comienza así…

Cada tarde de este verano ha llovido en el jardín de mamá.
A ella le gusta que lo llame así, el jardín de mamá, porque afirma que es lo único que realmente le pertenece en el mundo. No sé si es correcto decir que mi mundo se reduce a este jardín donde los árboles se levantan como cabelleras verdes, como si mamá hubiera decidido sembrar cabellos desde hace mucho tiempo y de ahí hubieran nacido melenas a las que se les crecen hojas, algunas frutas, pájaros que nunca he visto porque permanecen ocultos entre las ramas, cantando e intercambiando ideas en francés. Mamá habla muy bien el francés, dice que es el idioma de los pájaros. He llegado a creer que es un ave cuando la veo en su dormitorio, de pie ante la ventana que noche a noche se abre para ella pueda descifrar lo que sueñan los árboles.

Cada tarde mamá se instala frente a su ventana, vestida de negro y con el pelo recogido en la nuca. Aparece allí, echa una ojeada al balcón por si hay alguna paloma muerta y luego se queda inmóvil, contemplando el jardín que huele a cabellos húmdeos, a mamá recién salida del baño. Ciertas tardes, cuando la humedad es insoportable y los huesos me duelen, la abuela aparece también en la ventana, a un lado de mamá. Las dos platican en francés sin dejar de mirar el jardín, y yo me río al imaginarlas como un par de cuervos que se cuentan historias que jmaás terminan. A lo mejor hablan de Pablo, mi hermano mayor que acostumbra acariciar el pelo de mamá antes de irse a dormir. O quizá evocan a papá, que aún no regresa del viaje que emprendió hace casi un año.

Mamá asegura que hay guerra del otro lado del jardín, que detrás de esos muros tapizados de hiedra los hombres se matan. Por eso papá no ha podido volver de su viaje; por eso, en las noches más oscuras, algunos pájaros caen muertos con un ojo azul en el pico o un puñado de cabellos rubios entre las garras. Probablemente papá anda muy atareado recogiendo pájaros que guarda en su maleta, y eso es mas difícil con esta lluvia que se pasea tarde tras tarde por el jardín.

Desde que se fue papá a mamá le ha dado por comer fotografías antiguas, casi todas de él en la época en que le gustaban los columpios y las mariposas. A veces se las come durante la cena, aunque por lo general se las traga con una taza de té caliente que la abuela le prepara antes de medianoche, poco antes de que el reloj del comedor suelte las doce campanadas que tanto perturban a la pobre de mamá. Ella dice que el reloj le trae malos recuerdos; yo digo que es el reloj más grande que existe, ni siquiera de puntillas puedo darle cuerda. Una vez se me ocurrió arrastrar una silla de la sala al comedor porque el reloj se había detenido y semejaba, más que nunca, una de esas cajas donde encierran a los muertos. Me subí a la silla y empecé a brincar para alcanzar la carátula. Pero llegó la abuela y me bajó a golpes, gritándome que era ella y sólo ella quien tenía la llave para darle cuerda al reloj, que yo estaba muy pequeño para pensar en cosas tan enormes como el tiempo. […]

Saudade
Un murmullo intraducible

2009

México

Saudade. Un murmullo intraducible
Horacio Ortiz – Eduardo Rojas Rebolledo (coordinadores)
Ed. El guardagujas
2009, 199 pp.

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Un pensamiento en “Saudade. Un murmullo intraducible

  1. Tiene una pinta muy interesante. El Inicio del relato te engancha con rapìdez y tienen un estilo muy poetico y sorprendente. Lo de comerse las fotos me ha dejado alucinada.

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