Primacía del entorno

El ser humano es un ser cambiante, es por eso que desde siglos atrás, filósofos, médicos, psicólogos, juristas, teólogos, pedagogos y lingüistas se han dedicado al estudio de la naturaleza humana, desencadenando cuestiones sobre la dependencia del individuo respecto del sistema de referencia humano que lo confirma y conforma, es decir, si el ser humano es social por naturaleza y si las ideas y el comportamiento son o no innatos.

Entendemos la naturaleza humana como un concepto filosófico según el cual los seres humanos tienden a compartir una serie de características distintivas inherentes, que incluyen formas de pensar, sentir y actuar; así la naturaleza humana se encontraría divida en dos para alcanzar su fin: verdad y bien. A la verdad se llega a través de la inteligencia y el conocimiento y a el bien a través de la voluntad. Lo natural en el hombre es, por tanto, el desarrollo de sus capacidades.

Para Platón la naturaleza del hombre radica en que somos irremisiblemente sociales y que vivir en sociedad es natural al hombre, cualquier otra cosa está por debajo de lo humano. Esta teoría se pudo comprobar con dos interesantes experimentos psicolingüísticos: el primero realizado por el emperador romano Federico II, quien quería saber si los recién nacidos hablarían por sí mismos latín, griego o hebreo, es decir, cuál era la lengua innata de los hombres, dada por Dios. Hizo entonces, que un pequeño grupo de recién nacidos fuera criado por nodrizas que tenían el encargo de no hablar en presencia de los niños y de no dirigirles la palabra. Así, mediante la creación de este vacío lingüístico, el emperador esperaba poder determinar qué lengua comenzarían a hablar primero aquellos niños. Por desgracia, los desvelos amorosos fueron vanos, pues murieron todos los niños sin excepción.

700 años más tarde, el psicoanalista estadounidense Rene Spitz estudió la elevada tasa de mortalidad infantil en inclusas mexicanas, donde se satisfacían todas las necesidades puramente físicas, pero donde el contacto con adultos era demasiado exiguo.

Retomemos lo mencionado anteriormente: Lo natural en el hombre es, por tanto, el desarrollo de sus capacidades. Y para esto el filósofo Martin Buber afirma en su libro “Distancia originaria y relación”:

[En todos los estratos sociales se confirman unos a otros los hombres en sus propiedades y capacidades humanas; y se puede calificar de humana a una sociedad en la medida en que sus miembros se confirman recíprocamente. La base de la convivencia humana es doble y, sin embargo, una sola: el deseo de todos los hombres de que los otros les confirmen como lo que son o incluso como lo que pueden llegar a ser, y la capacidad innata de los hombres para confirmar de ese modo a sus semejantes. El hecho de que esta capacidad esté yerma en tan gran proporción constituye la verdadera debilidad y lo cuestionable de la raza humana. La verdadera humanidad sólo se da allí donde esta capacidad se desarrolla.]

Sin embargo, a pesar de las teorías y experimentos que demuestran la improbabilidad que tiene un individuo de sobrevivir ante condiciones no humanas, existen los casos de los llamados niños ferales, que llegaron a ser tema principal para diferentes producciones cinematográficas.

La naturaleza humana dentro del cine

El término feral proviene del latín ferālis (‘feroz, letal’), y éste de fera: ‘fiera, animal salvaje’.
A lo largo de la historia se han encontrado esporádicamente niños ferales en distintas partes del mundo que supuestamente han logrado sobrevivir en la naturaleza sin contacto humano alguno. Carlos Linneo en su obra “Systema naturae” describe las características principales de un niño feral: hirsutismo (crecimiento excesivo de vello), imposibilidad de hablar, dificultad para caminar erguidos de forma permanente, poca sensibilidad al frío y al calor, visión nocturna, sentido del olfato muy desarrollados, imitan sonidos de animales y prefieren la compañía de éstos a la de los humanos, olfatean la comida que van a ingerir, duermen del anochecer al alba, de acuerdo con las estaciones y parecen ser sexualmente indiferentes.
1797, Francia.          Víctor de Aveyron. Vivió diez años solo en el bosque y fue encontrado y educado por el Dr. Gaspard Itard. 172 años después, en 1969 el cineasta francés François Truffaut realizó una película sobre este caso titulada L’Enfant sauvage. Rodada al estilo de un documental, en blanco y negro, se convirtió en una de las obras clave del director. El film plantea la marginación a la que se enfrenta un individuo para decidir entre qué puede y qué debe hacer.
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1828, Alemania.         Kaspar Hauser. Adolescente de probablemente 16 años, vivió recluido y sin trato social desde su nacimiento y apareció en Núremberg (Alemania) mostrando una conducta extraña y lenguaje muy limitado. Su historia fue reconstruida por Werner Herzog en la película titulada Jeder für sich und Gott gegen alle en 1974.
1970, Estados Unidos.          Susan “Genie” Wiley. Niña a quien sus padres mantuvieron encerrada durante 13 años. Fue hallada en Los Ángeles, California. El director Harry Bromley Davenport plasmó la vida de esta niña en el 2001 en su film Mockingbird Don’t Sing, en donde busca plantear que la expresión de las ideas es algo innato en el ser humano.
1953, España.          Marcos Rodríguez Pantoja. Vivió solo desde los siete hasta los diecinueve años en una zona apartada de Sierra Morena, España, donde su único referente social fue una manada de lobos. Esta historia fue recientemente llevada al cine por Gerardo Olivares con el título Entrelobos en el 2010.

Si bien, los planteamientos de estos casos y sus respectivas películas no han logrado derribar las teorías sobre la naturaleza humana, si han conseguido generar discusiones sobre la libertad como la esencia del hombre.

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